Carta a una abuelita.

Querida Welita:

Me sigue pareciendo todo un sueño. Muy a pesar de que las visitas a tu casa eran poco frecuentes, cada una era significativa. Entrar por la puerta principal y ver la luz del baño prendida significaba que estabas indispuesta en el momento para el beso de saludo. Esa luz apagada significaba que estabas en tu camita descansando, o haciendo como que comías en la cocina. A veces la sorpresa de tu persona aparecía de inmediato al abrir la puerta de la sala cuando decidías leer el periódico en silencio, la nota roja o los obituarios.

Te encontraras donde te encontraras, mi intención al entrar en tu hogar era siempre la misma: el beso en tu blanca cabecita.

Welita, soy una persona de pésima memoria en cuanto a experiencias de vida. Y a pesar de que tengo flashazos de lo que vivimos durante 29 años me es difícil recordar algo más allá de de cierto tiempo. Pero sin duda, hay experiencias contigo que nunca voy a olvidar. ¿Puedo empezar por la última frase que te dije la última vez que te vi? Me alegro de que la frase haya sido “te quiero mucho” y de nuevo el último beso en tu blanca cabecita. No podía faltar. No somos de decir “te quiero” en la familia y tu lo sabes. Y ese lunes dudé tanto sobre si decírtelo o no.

Al final, decidí decirlo. “Welita, ya me voy a mi casa, ya es tarde. Te quiero mucho”. Beso.

Y yo sigo sintiendo que estoy en un sueño.

Ayer celebramos año nuevo en tu casa y sin ti. Yo estaba sentada en la mesa del comedor comiendo puré y a 45º de mi frente estaba tu retrato. Sí, Silvia (la hermana de Karen) nos imprimió un retrato tuyo. Y ahí estabas con tu carita sonriendo, como en pocas fotografías que te tomamos, y lo único que se me venía a la mente en ese momento era que no estabas en la sala con nosotros porque estabas acostadita descansando y ocasionalmente pensaba que estabas en la cocina cenando, como lo hacías cada año. Nunca me pasó por la cabeza que la realidad era que no estabas porque ya no estás. Esa no era mi realidad. Y lo sé, no es saludable.

Tengo que admitir que no he podido llorarte como es debido y no porque no me duelas. Mi cabeza se ha estado comportando de formas extrañas. No te he soñado para nada. Cada recuerdo que tengo durante el día sobre ti no me causa ningún tipo de emoción, como si no hubiera historia. La única emoción que siento que ha cambiado en mi es el enojo. El enojo se ha intensificado en todas sus versiones y en proporciones que hace mucho tiempo no sentía. Cada molestia por más mínima que sea, welita, se transforma casi inmediatamente en rabia, en ganas de patear lo que tenga cerca o de darle de puñetazos a la pared. Y te cuento que hace años no tenía ese tipo de molestia. Recuerdo incluso la última vez que la experimenté y no me gusta sentirme así. No me gusta porque no quiero hacerle daño a alguien o hacerme daño a mi. Me di cuenta entonces en mis cavilaciones al respecto que el problema no eran las situaciones que me hacían sentir así, sino el hecho de que me he negado a llorarte, estoy acumulando emociones. Y sí, tal como lo imaginas, no te he podido llorar porque llorar hace real en mi cabeza y corazón el dolor tan desgarrador que representa el que te hayas ido. Hace real el pesar de no volverte a ver. ¿Te parece que sueno algo dramática? Pensarlo hace que me falte el aire.

Nadie queremos sentirnos así.
Sé que no llorar con el tiempo se transforma en veneno para el alma y como soy perfectamente consciente de que no llorar mantiene fracturado el corazón decidí hacerte esta carta, ya que, no sé si alguna vez te conté, pero escribir me hace entrar en contacto con algunas partes de mi que pasan desapercibidas en el día a día. Y si, confieso que esta carta no es más que un intento egoísta mío por sacar un poco de ese dolor que tengo atascado en el pecho y con el que no había podido entrar en contacto. Y sí me ha ayudado.

Tu y yo tuvimos una relación única porque no sólo fuiste abuela sino madre los primeros años de mi vida. Y no hay un sólo día que no piense en ti. Dueles, y mucho, pero te recordaré siempre con todo el cariño que soy capaz.

Gracias por ayudarme a llorarte.

~ por Piwita en enero 2, 2016.

Una respuesta to “Carta a una abuelita.”

  1. Creo que no te lo pude decir porque estaba chillando como niña, pero creo que fueron palabras hermosas. Un abasho!

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