Café Literario – Primera Parte (cuento nuevo)

Esta semana comencé a escribir un cuento nuevo. Usualmente tienen la misma temática y francamente me generó mucho problema el final porque necesitaba forzosamente imprimir el Piwi-Twist. Se los dejo y espero que les guste. Por favor, les ruego dejen sus comentarios.

Esta es la primera parte del cuento porque lo escribí en una hoja de máquina a lápiz y necesito transcribirlo a la computadora. Ya está completo sólo que de momento ya es muy tarde y me duele mucho la espalda y quiero descansar.

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Al verla vacilé y de inmediato cerré mis ojos apretándolos con fuerza mientras lograba calmar los latidos de mi corazón y dominaba mis ganas de romperme a llorar. Logré controlarme tras varias respiraciones largas y pausadas y abrí los ojos paulatinamente para contemplar el pálido rostro de mi mejor amiga de la infancia.

La miré con atención. Estaba recostada con las manos entrelazadas sobre el estómago. Llevaba un vestido de tirantes color azul; su favorito según su madre. Vestía además un suéter blanco que cubría sus desnudos hombros y había sido decorado con un broche que siempre llevaba con ella con la forma de alas de ángel. Su cabello cobrizo caía por lo lados enmarcando su rostro perfectamente formando hermosas ondas que, aunque carecían de vida, brillaban por el efecto del fijador. Su boca estaba cubierta con labial color rosa pálido; pareciera como si toda aquella vida que faltaba en su cuerpo hubiera opacado por completo sus carnosos labios.

Y a eso se había reducido, a toda esa superficialidad descrita y sin embargo hay tantas palabras ausentes como su suspiro.

Me hallaba atrapada en una especie de trance, absorta y navegando en mente a través de ideas, recuerdos, pensamientos y lágrimas censuradas que ni en un millón de años curarían las heridas que la muerte de mi mejor amiga había infligió en mi corazón. Y era precisamente ese dolor indescriptible lo que me ausentaba del resto del mundo. Ese dolor aferrado a mi como una sanguijuela dispuesta a succionar toda la sangre contenida en mis venas antes de dejarme en paz.

Oí a lo lejos un sollozo que comenzó a jalarme de vuelta a la realidad hasta salir del trance y mezclarme entre una multitud de gente dando el pésame a diestra y siniestra, devorando los bocadillos y el vino dispuestos para los asistentes. Miré en derredor un par de segundos hasta que mi vista localizó a la madre quien, en sólo dos días, había envejecido diez años. Su otrora hermoso rostro ahora se notaba desfigurado por acción de esas arrugas repentinas; piel erosionada por vertientes saladas que nacían en sus ojos enmarcados por grandes y oscuras ojeras que incluso resultaba imposible para el maquillaje ocultarlas. Su padre por otro lado no se había presentado ese día, ni durante los últimos 15 años. Yo hasta ese momento incluso dudé que estuviera vivo por el hecho de que no podía creer que un padre fuera feliz lejos de sus hijos.

Me acerqué a su madre y colocando mi mano sobre su hombro la distraje de la conversación que estaba teniendo con una pareja que no paraba de decir cuánto sentían la pérdida de esa linda muchacha y sobre cuánto apreciaban a la familia y que estaban a su disposición (¿como los bocadillos?) para cualquier cosa que llegase a necesitar. La madre repetía mecánicamente “gracias” secos y sintió un gran alivio cuando interrumpí sin intención esa molesta conversación. Sonrió pesadamente y se levantó de su incómodo asiento para colocar sus brazos en torno de mi cuello y sollozar por un momento. Sentía la humedad de sus lágrimas en mi piel y palmeando su espalda una y otra vez le repetía cuánto lo sentía y cuan arrepentida estaba por todo lo que había pasada entre nosotras.

Su llanto fue disminuyendo al cabo de unos minutos y comenzó a liberar sus brazos lentamente. Enjugó sus lágrimas y mirándome a los ojos acarició mi mejilla:

– ¿Te has resistido a llorar, Sam?

La miré sin responder. Claro que me había resistido a llorar, no quería quebrarme hasta que todo hubiese terminado puesto que nunca he sido del tipo que disfruta llorar en público y recibir esas palmadas de inútil consuelo. Siempre me ha gustado llorar en la intimidad de mi casa, tomando un baño, tal vez o cuando estoy a punto de dormir. Puedo jurar incluso que sólo una o dos veces en los veintidós años de conocer a Susana, lloré con ella.

~ por Piwita en agosto 11, 2011.

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