Primera Parte – Doble Faceta

Miré a mi alrededor desconcertada. Ese miedo que hacía años no me acechaba había regresado. Continué mirando a mí alrededor, todo era tan pálido y grisáceo, como una película de antaño. Al principio me costó trabajo ubicarme en espacio (y tiempo), pero unos segundos más tarde, cuando recuperé el sentido de orientación, reconocí el gimnasio. El gimnasio donde lo conocí hace tantos años.

Continué hurgando en la palidez del lugar. Todo estaba tan calmo y desértico; nada se escuchada excepto un pequeño golpeteo, continuo y rítmico. Yo reconocía ese golpeteo por supuesto, y recordarlo hizo que me ardiera el pecho. Emprendí la caminata de reconocimiento y seguí el sonido que se colaba en mis oídos sin piedad. Caminé a trompicones sintiendo cada vez una desesperación en aumento. No podía evitar sentir el dolor con cada latido tan fuerte que se generaba en mi pecho al escuchar el golpeteo cada vez más cerca.

Rodeé el ring al borde de la desesperación. Abrí los ojos un poco más para ver la figura al fondo del gimnasio. Un hombre corpulento de espalda fornida con un cuello grueso que la unía a una cabeza rapada mediana y ovalada. Noté sus grandes brazos rellenos de músculos que casi rasgan su piel. El hombre hacía movimientos rítmicos con la cabeza y el torso, estirando los brazos al son de un baile imaginario. Pude reconocerle de inmediato y sentí pánico, y no obstante, por alguna razón a la cual no precedía explicación, sentí deseos de acercarme a él.

Caminé despacio hacia él moviendo mis pies paulatinamente y ralentizando mi respiración. No era consciente, por supuesto, era el miedo que me congelaba los pulmones tanto que dolía inhalar y exhalar. Una parte de mi imploraba no acercarme. Su contraparte, no cabía de la emoción en mi pecho. Era un deseo inexplicable, o más bien que no deseaba explicar. Estaba oculto tal vez en un rincón oscuro de mi corazón, y ahí, arrinconado y creciendo malignamente como un tumor. Ese deseo que iba envenenando cada vena de mi cuerpo a medida que me acercaba a ese hombre danzante y musculoso.

Todo permanecía gris y pálido y a medida que me acercaba todo se volvía más borroso a mi alrededor. Había un zumbido en mis oídos que había decidido acompañar al glorioso vals del golpeteo, gracias al torrente de adrenalina que corría por mis venas. Caminé un poco de lado para sorprenderlo por el flanco. Estaba ahora a solo unos metros de su sombra que temía pisar. El hombre no se inmutaba con mis pasos, no, se mantenía prendido golpeando con los puños aquello que reconocí como un pera, sólo que de una forma extraña.

A medida que me acercaba al flanco del hombre, notaba la rareza de la pera que golpeaba. No se sentía inflada ni hueca como son habitualmente. Era más bien un golpeteo duro y un movimiento pesado; podría incluso jurar que se escuchaba húmedo. Me aproximé aún más hasta estar a escasos dos metros del corpulento individuo. Susurré su nombre y lo dejé escapar entre mis labios, suave como un beso: “Tony”. El hombre continuaba en su labor, concentrado en golpear la pera que ahora, estando a más cerca conseguí definir la extrañeza de la pieza. Era pesado el movimiento, casi como una bolsa de plástico llena de agua. El golpe era húmedo y noté que me salpicaban gotas. Imaginé que era sudor, pero las gotas eran densas.

Acerqué mi mano a mi rostro para retirar las gotas; limpié mi frente y miré mis dedos grises y pálidos cubiertos de un líquido rojo intenso, quemado y casi coagulado. Era sangre. Palidecí ante este hecho: de la pera estaba salpicando sangre. Me acerqué un poco más al objeto y al hombre que golpeaba la pera. Lograba reconocer la forma pero no conseguía ponerle nombre. Era casi un rombo y mostraba agujeros en la parte superior. Colgaba de un gancho y con cada puñetazo que el corpulento hombre soltaba el objeto colgado golpeaba pesadamente la tabla de madera que lo sujetaba; y salpicaba. Parpadeé varias veces para aclarar mi visión y pude ver lo que era. No era una pera, era un corazón y estaba palpitando. Solté un gritó pero se ahogó en mi boca. Él pánico que sentí me hizo marearme así que tomé al hombre por el hombro y solté un suspiro envuelto en su nombre “Tony”. El hombre corpulento dejó de golpear el corazón que continuó palpitando aun en ausencia de los puñetazos que recibía y fue entonces cuando me di cuenta que el golpeteo que hacía eco en mis oídos no era más que el palpitar del corazón.

Con el pánico apoderándose de mí, me fue casi imposible soltar una palabra contundente y sólo lograba evacuar entrecortados y acelerados suspiros. El corpulento hombre se mantenía quieto y lo llamé una vez más “Tony”. Noté entonces que el hombre comenzaba a girarse en torno a mí. La sombra y la palidez de la escena me dificultaban discernir sus facciones. Lentamente la luz gris comenzó a tomar posesión de su rostro y cuando al fin terminó de girarse aquel hombre pude notar un rostro horriblemente deformado, como una máscara. El espanto fue tal que no pude mantener mis ojos fijos en nada. Me giré violentamente al sentir la mano del hombre corpulento posarse sobre mi hombro y grité tan fuerte como pude hasta que, tratando de huir, tropecé con mis propios pies y caí al suelo de bruces.

~ por Piwita en mayo 8, 2011.

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