Paréntesis – Siddhartha

Honestamente este libro jamás se me antojó leerlo. Dicho esto puedo afirmar que estoy total y completamente arrepentida de tal pensamiento, puesto que después de leer “Siddhartha” he quedado indiscutiblemente maravillada. Aunque hay algunas cosas que siento me faltó por comprender. Sobre todo la filosofía última a la que Siddhartha se dedicó. Sin embargo, durante el principio del libro me sentí enteramente identificada.

La historia se trata de un joven con herencias brahmánicas que se siente incompleto en referencia a todas aquellas enseñanzas que había recibido hasta entonces. El chico cuestionaba los relatos, rezos y rituales de purificación y tenía un deseo intenso de saber, conocer y entender. Dado que en el lugar donde se encontraba supuso no encontraría las respuestas a lo que estaba buscando, un día decidido le anuncia a su padre que deja el pueblo para convertirse en samana. Durante esta etapa de su vida, Siddhartha aprende a ayunar, a meditar y a esperar. Siddhartha decide que la vida de samana no le aporta el conocimiento que busca por lo que decide continuar su camino peregrinando completamente solo después de haber perdido a su fiel amigo Govinda a la doctrina del gran Budha.

Siddhartha conoce entonces a una mujer (que yo imagino era prostituta) muy hermosa de la cual se enamora y por la que decide (de manera soberbia, pienso yo) darle un giro de 360° a su vida de mendigo y con las habilidades que aprendiera de los samanas (ayunar, meditar y esperar) Siddhartha y con ayuda del joyero y comerciante del pueblo, se hace de una fortuna espléndida y por ende cae en los tan criticados (por él mismo) vicios y deseos de los mortales comunes (apuestas, comida, bebida). Siddhartha en esta etapa de su vida se queda estancado muchos años hasta que sufre una crisis que lo hace abandonar sus riquezas y a su amante encinta (sin él saberlo) y se retira de nuevo a la peregrinación. Confundido, frustrado, estresado y hambriento, Siddhartha recomienza (si pudiera decirse así) una autoexploración profunda del “yo” que tanto había buscado destruir. La esencia de él mismo para convertirse en un todo con el universo (como me imagino que sería el “nirvana”).

Hasta esta parte me impactó mucho. Cómo el hombre de ser un santo sucumbió por completo a los deseos terrenales, cuando su doctrina dictaba claramente que el hombre en esencia no debe apegarse a los bienes materiales y deseos carnales. Lo que más me gustó y más aprendí de este libro es que en la vida siempre existe la oportunidad de cambiar de ruta, de modificar tu camino, de corregir para alcanzar las metas que te has puesto. No hay camino erróneo, puesto que en la vida no cometemos errores cuando aprendemos de los desvíos. Al final Siddhartha consigue el entendimiento de la vida que tanto buscaba, pero para hacerlo tuvo que pasar por todas aquellas tribulaciones que mortificaron su alma durante largos períodos de tiempo y que tuvo que adormecer en alguna etapa de su vida con los excesos.

Otra cosa que me encantó de este libro es que, al inicio Siddhartha se sentía el ser más incomprendido del mundo. Él sentía que ni su mejor amigo era capaz de comprender lo arduo que era convivir consigo mismo en su cabeza, de cómo las ideas, y búsquedas y sufrimientos que él sentía diariamente y que no conseguía detener con aquellas enseñanzas, eran sólo para él y por él y nada más. No fue sino hasta que conoció a un botero que le ofreció su amistad incondicional y quien se prestó a escuchar todos y cada uno de sus sufrimientos cuando Siddhartha abrió su corazón no sólo a quien lo escuchaba, sino a la existencia en general. Siddhartha se abrió y su corazón se liberó sin vergüenza, ni pena, ni pesar de todas aquellas cosas que lo atormentaban y que en silencio soportaba. Fue entonces cuando él, Siddhartha, comenzó a entender a su entorno y a obtener las respuestas que había buscado.

Pienso que en realidad todos tenemos momentos así. Pasamos situaciones de índole traumática que nos cierran por completo y no nos deja liberar todas esas penas y pesares que nos acosan por años. Pensamos que nadie en el mundo será capaz de entender por lo que estamos pasando y nos preocupamos pensando constantemente que la gente que nos rodea y que es capaz de darnos un respiro no debe siquiera imaginarse todo lo que sufrimos. Pero entendí ahora que no se trata de que nos entiendan. No se trata de una opinión, ni de identificación con nuestros dolores. No se trata de descargar los problemas. Se trata de ser escuchado. Se trata de expresar nuestra historia tal y como la sentimos (no tanto como pasó). Se trata de comprender que cuando nada sale de nuestro corazón es imposible que algo entre y por lo tanto somos incapaces de amar nuestro entorno plenamente: nuestros padres, nuestros hijos, nuestras ideas, nuestro trabajo, nuestros esposos o esposas y somos incapaces por supuesto de dar ese apoyo a otros que lo necesitan, a otros que necesitan contar su historia también haciendo un círculo vicioso no interrumpible.

Finalmente otra cosa que aprendí con este libro es que pasamos años y años preocupados sobre lo que nos deparará el futuro o sobre cómo nos trató la vida en el pasado y de cómo buscamos compensar esa injusticia siendo injustos en el presente con otros y con nosotros mismos. Y sin embargo, en ese proceso de autodestrucción nos olvidamos de vivir en el presente; de disfrutar el ahora puesto que en realidad es lo único que existe en este plano, el pasado ya fue y el futuro aún no sucede y de hacerlo, se transforma en presente.

Yo siento que este libro está lleno de muchas enseñanzas más, que en esta etapa de mi vida no las comprendí, pero estoy segura que si en algún par de años lo leo de nuevo, le sacaré jugo a más cosas diferentes. Espero que ustedes, de leerlo, le saquen más provecho del que yo logré.

Ahora estoy leyendo “La Historia del Loco” de John Katzenbach. Luego les cuento qué tal está.

“Nada ha sido, nada será; todo es, todo vive y pertenece al presente” – Siddharta

~ por Piwita en enero 4, 2011.

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