Paréntesis – Mortificaciones Cotidianas

Mi corazón palpita al 200% de lo normal.

Antes escuchar sirenas no me ponía nerviosa. Pero ahora por alguna razón de pronto todo ha cambiado. Escuchar sirenas eleva la concentración de adrenalina en mi sistema y altera mis extensiones nerviosas y circulatorias. Y más aún cuando el sonido de las sirenas no decrece sino al contrario, va en aumento y me mortifico al grado de que considero la posibilidad de echarme pecho tierra aun sin escuchar balazos.

Puedo quejarme en este momento de lo horrible que está la situación en Monterrey, más no lo haré porque sirve para nada. Claro que no es tan extrema al grado de que todo el mundo huya de esta ciudad tan bella y próspera. Es tan doloroso para mí salir y ver una ciudad, a la cual le tengo tanto cariño, hundirse en toda esta delincuencia y luchas territoriales y verla convertirse en algo que espanta a todos. Realmente me dan ganas de llorar. Y sin embargo admito que no está en manos de todos aquellos gobernantes inútiles, sino en las nuestras. Somos nosotros, los propios ciudadanos, quienes patrocinamos todos estas desgracias que se suscitan en el estado. Y de nuestra boca lo único capaz de brotar como diarrea verbal son quejas, quejas y más quejas. No se trata de eso y jamás se tratará.

Estoy indignada, sí. ¿Hago algo al respecto? Por supuesto que no, nadie lo hace y ahí yace el error. Pero, ¿qué hacer? Lo único que nos queda es comenzar por cumplir nuestra parte como ciudadanos responsables para que por lo menos en ciertos círculos se mantenga el orden de las cosas y comience a esparcirse como plaga entre los rincones que están más alejados del cumplimiento de nuestras obligaciones y el respeto de nuestros derechos.

En fin, sólo sentía la necesidad de desahogarme porque hoy me llevé un susto bastante tremendo y la verdad es que ya no quiero estar mortificada por todo lo que pasa, sólo que es difícil dada la intensidad de las cosas. Ya uno en ningún lado está a salvo, ni siquiera en su propia casa o negocio.

El otro día estábamos en el salón. Nos quedamos hasta tarde haciendo el aseo y mi colega salió a dejar la basura. Regresó mortificado diciendo “se escuchan balazos”. A los diez minutos se escucharon las típicas sirenas y los rechinidos de llantas de las patrullas que no valen madre porque llegan en chinga ya cuando todos se balearon y se mataron. Nada encontré en las noticias ni periódicos al respecto hasta dos días después que vimos que habían encontrado un individuo en las vías cerca de donde está el negocio. Y mira, nadie lo había visto al muertito. Y si lo vieron tal vez ni caso le hicieron puesto que ver muertos en zanjas es tan cotidiano como escuchar las campanitas de los carretoneros.

Y pienso que en el momento en que esto se vuelve parte de la vida cotidiana es cuando no hay marcha atrás. Salir a la calle y escuchar sirenas y balazos y ya reaccionar automáticamente con el pecho tierra y continuar el día sin siquiera darle importancia. Que esos sonidos que alguna vez causaron mucha impresión ya ni siquiera consigan acelerar tu pulso. Ya no llegas con la mortificación en el rostro a comentarle a quien sea que te pueda escuchar sobre el momento crítico que pasaste durante el evento criminal. Que se vuelva tan común como el desayuno, la comida y la cena.

Insisto y se los vuelvo a repetir (porque creo que ya lo había comentado anteriormente), siento a la ciudad de monterrey como una ciudad gótica… sólo que aquí no existe ningún Batman, sólo criminales.

Hasta aquí por hoy porque este tema da para mucho y yo la verdad ya tengo bastante sueño.

~ por Piwita en diciembre 4, 2010.

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