Cuentos Cortos: El Cigarro

•noviembre 14, 2016 • Dejar un comentario

El frío húmedo mantenía mis mejillas heladas. Estaba sentado en el escalón del porche con mi cigarro entre los dedos escuchando las gotas de lluvia caer una después de la otra sobre sobre el bote de la basura. Sería una jornada fresca como muchas otras, pero el frío se sentía más que nunca. Dando otra calada a mi ¿sexto? cigarro de la mañana saludé a la vecina haciendo un gesto cordial con la cabeza. Esa vecina que siempre estaba al pendiente de mi y sin duda este momento, por más doloroso, no podía ser la excepción.

Me vino el recuerdo de su sonrisa en mi cama mientras exhalaba el humo del cigarro. La había visto con detenimiento esa mañana y recuerdo haber pensado que no había mujer más hermosa que ella. Jamás imaginé que ese momento precedería al que rompería mi corazón. Su sonrisa se borró en el siguiente instante sin ninguna advertencia.

– No creo que esto esté funcionando, Lalo – me dijo con la mirada lejos de mi.

– ¿A qué te refieres? – pregunté un poco confundido.

Hubo una pausa muy larga e incómoda. Se levantó tapando su cuerpo con las cobijas y alejándose de mi. Nunca la había visto hablarme con esa seriedad. Era un tono frío y sentía su puñal rozando mi pecho con vacilación. “¿Qué no está funcionando?” Quise preguntar, pero el shock me impedía pronunciar más palabras. Estaba esperando una respuesta que simplemente no aparecía.

– Nosotros. – dijo con la voz un poco cortada – Sé que nos conocemos desde hace mucho, tenemos mucho tiempo juntos pero – hizo una pausa para aclararse la garganta. Sin duda lo que venía a continuación dolería – no estamos funcionando.

– Ok – respondí con seriedad. Fue lo único que pude (quise) expresar en voz alta para no parecer alterado, pero mis ganas de llorar estaban cediendo. Tragué saliva. ¿Sería el miedo?

– Lalo, eres maravilloso y la verdad es que aunque quisiera explicártelo sería imposible. Sólo sé que no está funcionando.

“¿No está funcionando? Creo que merezco al menos una explicación.”

– Ok – respondí otra vez. 

¿En una situación como esta pudiera considerarse un monosílabo acertado?

– ¿En serio es todo lo que vas a decir? – preguntó ella buscando mi mirada. No estaba dispuesto a mirarla a los ojos, el miedo a que mis lágrimas me traicionaran era muy grande. No quería parecer débil frente a ella, no quería que viera que me estaba afectando. La verdad es que lo único que quería era que se largara de mi habitación lo antes posible. ¿Por qué seguía aquí? ¿Qué esperaba que respondiera? Me sentía tan estúpido por no ser capaz de pedirle que se fuera.

– Necesito un cigarro.

Me apeé de la cama poniéndome los vaqueros del día anterior lo más rápido que pude. Tomé de la silla una playera y mi caja de cigarros del escritorio. ¿Donde está el maldito encendedor? No miré hacía atrás y salí de la habitación. Quité la alarma y abrí la puerta con apuro. Sentía que me sofocaba por el calor de la situación. ¿Estaba enojado? ¿Estaba triste? 

El frío húmero de la mañana golpeó mi rostro en cuanto abrí la puerta. Me senté en el escalón. Nunca hubiera imaginado que a mis 33 años padecería de nueva cuenta un corazón roto. Sacudí la idea de mi cabeza mientras me repetía una y otra vez “no seas ridículo” y encendí el primer cigarro de esa mañana. 

Vomitar no me hace feliz…

•mayo 17, 2016 • 1 comentario

 De hecho, es de las peores cosas (que conozco) que me pueden pasar y es de las pocas cosas que me hacen llorar de miedo antes de que sucedan. Cuando sé que tiene que pasar para poderme sentir mejor y cuando sé que va a pasar porque mi cuerpo no encontró alternativa para aliviar el malestar empieza el pánico.

Mi primer instinto es caminar de un lado a otro para tranquilizar el hormigueo que siento en la garganta y la frustración que me invade al escuchar una vocecita en mi interior que me dice “hoy no puedes escapar”. Ya lo sé. Mi respiración se altera y siento los latidos de mi corazón golpeando mi pecho. Mis manos empiezan a sudar. “Es para que te sientas mejor” me repito una y otra vez. Y ante la impotencia que siento al saber que no lo podré evitar, que no hay alternativa vienen las ganas de llorar, acompañadas de mi voluntad cediendo con pequeñas sensaciones de asco. Mis ojos se humedecen de pronto y quiero tirarme al piso a llorar. Camino hacia el baño donde vuelvo a sentirme capaz de vencer a mi estómago al ver el sanitario. “No necesitas vomitar”, me digo tratando de convencerme. Pero un retorcijón en el estómago se burla de mí y me dice lo contrario. No hay salida.

Después de un par de minutos de angustia, de darle vueltas al tema, no muy convencida me hinco en el piso y espero no mucho la primera arcada; nada. La segunda; nada. La tercera, ya viene acompañada, y sin tiempo de tomar aire vienen la cuarta y la quinta. “No más, por favor” pienso llorando. Respiro hondo; sexta, séptima. Empieza un llanto más intenso y crece el asco y siento que esto nunca va a terminar; el sabor, el olor, ¿cómo los ignoro? Octava, novena, décima. 

Caigo al piso vencida, sudada, llena de lágrimas, moqueando. Sigo llorando. Por fin el hormigueo en la garganta se empieza a disipar. Quiero ceder de nuevo pero logró controlarme. El asco desaparece poco a poco, mi estómago se siente menos cargado. Respiro hondo y pienso “¿ya, verdad? No mamen.”

Jalo la palanquita del sanitario y me quedo sentada un rato en el piso del baño.

¿Cómo es posible que haya quienes se provoquen esto a diario?

Carta a una abuelita.

•enero 2, 2016 • 1 comentario

Querida Welita:

Me sigue pareciendo todo un sueño. Muy a pesar de que las visitas a tu casa eran poco frecuentes, cada una era significativa. Entrar por la puerta principal y ver la luz del baño prendida significaba que estabas indispuesta en el momento para el beso de saludo. Esa luz apagada significaba que estabas en tu camita descansando, o haciendo como que comías en la cocina. A veces la sorpresa de tu persona aparecía de inmediato al abrir la puerta de la sala cuando decidías leer el periódico en silencio, la nota roja o los obituarios.

Te encontraras donde te encontraras, mi intención al entrar en tu hogar era siempre la misma: el beso en tu blanca cabecita.

Welita, soy una persona de pésima memoria en cuanto a experiencias de vida. Y a pesar de que tengo flashazos de lo que vivimos durante 29 años me es difícil recordar algo más allá de de cierto tiempo. Pero sin duda, hay experiencias contigo que nunca voy a olvidar. ¿Puedo empezar por la última frase que te dije la última vez que te vi? Me alegro de que la frase haya sido “te quiero mucho” y de nuevo el último beso en tu blanca cabecita. No podía faltar. No somos de decir “te quiero” en la familia y tu lo sabes. Y ese lunes dudé tanto sobre si decírtelo o no.

Al final, decidí decirlo. “Welita, ya me voy a mi casa, ya es tarde. Te quiero mucho”. Beso.

Y yo sigo sintiendo que estoy en un sueño.

Ayer celebramos año nuevo en tu casa y sin ti. Yo estaba sentada en la mesa del comedor comiendo puré y a 45º de mi frente estaba tu retrato. Sí, Silvia (la hermana de Karen) nos imprimió un retrato tuyo. Y ahí estabas con tu carita sonriendo, como en pocas fotografías que te tomamos, y lo único que se me venía a la mente en ese momento era que no estabas en la sala con nosotros porque estabas acostadita descansando y ocasionalmente pensaba que estabas en la cocina cenando, como lo hacías cada año. Nunca me pasó por la cabeza que la realidad era que no estabas porque ya no estás. Esa no era mi realidad. Y lo sé, no es saludable.

Tengo que admitir que no he podido llorarte como es debido y no porque no me duelas. Mi cabeza se ha estado comportando de formas extrañas. No te he soñado para nada. Cada recuerdo que tengo durante el día sobre ti no me causa ningún tipo de emoción, como si no hubiera historia. La única emoción que siento que ha cambiado en mi es el enojo. El enojo se ha intensificado en todas sus versiones y en proporciones que hace mucho tiempo no sentía. Cada molestia por más mínima que sea, welita, se transforma casi inmediatamente en rabia, en ganas de patear lo que tenga cerca o de darle de puñetazos a la pared. Y te cuento que hace años no tenía ese tipo de molestia. Recuerdo incluso la última vez que la experimenté y no me gusta sentirme así. No me gusta porque no quiero hacerle daño a alguien o hacerme daño a mi. Me di cuenta entonces en mis cavilaciones al respecto que el problema no eran las situaciones que me hacían sentir así, sino el hecho de que me he negado a llorarte, estoy acumulando emociones. Y sí, tal como lo imaginas, no te he podido llorar porque llorar hace real en mi cabeza y corazón el dolor tan desgarrador que representa el que te hayas ido. Hace real el pesar de no volverte a ver. ¿Te parece que sueno algo dramática? Pensarlo hace que me falte el aire.

Nadie queremos sentirnos así.
Sé que no llorar con el tiempo se transforma en veneno para el alma y como soy perfectamente consciente de que no llorar mantiene fracturado el corazón decidí hacerte esta carta, ya que, no sé si alguna vez te conté, pero escribir me hace entrar en contacto con algunas partes de mi que pasan desapercibidas en el día a día. Y si, confieso que esta carta no es más que un intento egoísta mío por sacar un poco de ese dolor que tengo atascado en el pecho y con el que no había podido entrar en contacto. Y sí me ha ayudado.

Tu y yo tuvimos una relación única porque no sólo fuiste abuela sino madre los primeros años de mi vida. Y no hay un sólo día que no piense en ti. Dueles, y mucho, pero te recordaré siempre con todo el cariño que soy capaz.

Gracias por ayudarme a llorarte.

Retomando 

•diciembre 7, 2015 • Dejar un comentario

Hace mucho que no pasaba por aquí. Creo que mi ultimo post fue hace más de un año. Creo que a partir de mañana estaré haciendo un contribuciones un poco más seguido por estos lares.

Saludos!

Café Literario – “La Llave de Sarah”

•marzo 23, 2014 • Dejar un comentario

La llave de SarahLa llave de Sarah by Tatiana de Rosnay
My rating: 2 of 5 stars

No sé ni por dónde empezar.

“La Llave de Sarah” tiene una premisa muy, muy interesante y de hecho el libro empieza con tanta intriga que no puedes evitar gancharte.

Claro, no es para menos cuando se trata del relato de una niña judía de 10 años que es arrestada junto con su madre y su padre en una redada realizada por la policía francesa por orden de los Nazis y llevada a un campo de concentración antes de ser enviada a Auschwitz. Pero antes de ser retirada de su departamento, la niña encierra a su hermanito en un armario camuflado en la pared bajo llave para protegerlo de la policía con la intención de regresar más tarde a sacarlo. Pero la niña se queda más tiempo arrestada de lo esperado.

La intriga dura hasta poco menos de la mitad del libro.

Mi primera impresión fue sin duda que este libro tenía una buena historia, una historia con mucho potencial que en realidad nunca logró alcanzar. Hasta ese momento podía decir que el libro me estaba gustando pero lo sentía muy “exprés”. Como que la autora lo que buscaba era llegar al grano y definitivamente, para ser un libro situado en una época dolorosa, sentía que le faltaba ambientación tanto espacial como emocional para que el libro te llegara y te doliera. Sentía la autora no supo cómo describir la frágil situación emocional a profundidad en la que se encontraba la protagonista (bueno una de las protagonistas). Pero en general me estaba gustando, era bueno, pero podría ser excelente.

Después de la segunda parte del libro me di cuenta que este relato NO era sobre Sarah, ni sobre la llave de Sarah, ni sobre la guerra, ni sobre el sufrimiento de los miles y miles de judías que fenecieron gracias a este acontecimiento francés. El libro cuenta la historia de una desconsiderada, egoísta, sufrida, egocéntrica y dramática periodista obsesionada con una tragedia que ocurrió 60 años atrás, y a quien no le interesa saber cuántas vidas arruina con tal de saber la verdad. Sí, de ESO se trata este relato.

El libro en general no es malo pues te hace reflexionar sobre los eventos ocurridos durante la Segunda Guerra Mundial que seguramente todos conocemos pero no los contemplamos a profundidad o con un sentido de respeto. Pero definitivamente no tiene gran trascendencia ni profundidad.

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Café Literario – “El Mapa del Tiempo”

•febrero 15, 2014 • Dejar un comentario

The Map of Time (Trilogía Victoriana, #1)The Map of Time by Félix J. Palma
My rating: 5 of 5 stars

Me siento traicionada

No sólo una, ni dos veces, Félix J. Palma me traicionó dolorosamente una tercera vez con un final que por poco hizo que el tiempo que invertí leyendo este libro no valiera la pena. Justo me había emocionado pensando que el autor había dejado lo mejor para el final; me equivoqué.

Que quede claro para todos aquellos que pretenden leerlo: este no es un libro de ciencia ficción.

Aunque disfruté mucho la técnica literaria del autor que sin duda logra cautivarme y enredarme con lo pastoso de su estilo, no dejo de pensar en la decepción. Y por el estilo le doy dos estrellas; por lo demás le quito tres.

Realmente desearía viajar en el tiempo al pasado, en el momento en que decidí leer este libro y aventurarme a leer los spoilers antes de comenzarlo, quien sabe, tal vez se hubiera abierto un universo paralelo en el que yo terminaba un libro que me hacía feliz.

Félix J. Palma es un genio

Me aventuré a calificar prematuramente antes de analizar realmente el final. Francamente no le había captado la idea y el hecho de que terminara tan “casual” me desvió del verdadero objetivo: Felix J. Palma cumplió su premisa y sus reglas sobre el viaje en el tiempo, las cuales afectaron incluso al narrador omnisciente.

La idea más clara me llegó 2 segundos después de despertar la mañana siguiente de terminar el libro y fue como una especie de epifanía que me vino de la nada. Y sin pena corrijo mi impresión inicial: este libro SÍ es un libro de ciencia ficción.

El desconcierto que causa al final, es parte de la esencia del libro y si analizas con verdadera atención podrás darte cuenta del mensaje final y obvio que demuestra: Wells se fue por la tangente a otro futuro (universo paralelo).

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Café Literario – “El Sudario”

•febrero 15, 2014 • Dejar un comentario

El Sudario = The Cloth of OviedoEl Sudario = The Cloth of Oviedo by Leonard Foglia
My rating: 3 of 5 stars

Quiero empezar por decir que este libro lo empecé a leer porque estoy sacando y vendiendo todos mis libros para hacer espacio a los que me toquen o me lleguen… o de perdido me rocen.

Es un libro muy, muy rápido con una intriga inicial interesante. Sin embargo, más o menos por la mitad, el libro pierde intensidad y se vuelve muy monótono y cayendo casi en lo aburrido.

*Mini SPOILERS*

El final está SÚPER ridículo y como que a la hora de desenvolver todo el misterio realmente no lo desenvuelven porque a ojos del lector en sí, no hay misterio (porque tu descubres todo antes de que te lo digan claramente). No hay una explicación clara de los motivos, razones o circunstancias en las que se ideó el experimento, todo es muy vago y muy centrado en el presente, además de que es muy predecible. Y pues finalmente, resulta sumamente cómico cómo los autores relacionan mágicamente circunstancias súper random para que Hannah dé con la verdad. Resulta que es toda una Sherlock.

Léelo si te quieres despejar y echarte una lectura rápida. Si no lo lees, no te pierdes de mucho.

(me sorprende que haya una segunda parte que también compré).

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